(Escrita por David Cotos – Perú 2011)
¡A mi me engendraron en plena felicidad!
Y diciendo esto saltando de alegría, la anciana cerró la puerta del ropero donde se había escondido. Karla y Patricia, las enfermeras del Hogar de Reposo, una vez más habían tardado pero la habían encontrado a la Señora Paula Tenderini.
A principios del siglo pasado, Fabio Tenderini había llegado con la migración italiana a la ciudad de Chincha. En Italia era conocido el dicho “Vale un Perú” que hacia referencia a que si venías a tierras peruanas y trabajabas duro, harías dinero rápidamente. Especializado en agricultura, optó por dedicarse al cultivo de las uvas negras. Como vio que otros fabricaban vino, él hizo lo mismo, sólo que en vez de hacer negocios con Lima, él puso una bodega.
Luego de cinco años de trabajo duro y muchos amores pasajeros e insaciables conoció a Elvira Ramos, una trigueña monumental, de ojos afilados como sus dientes, de pechos duros y robustos, de caderas inflamables. De inmediato pensó que ella debía ser su mujer para siempre y por siempre. Elvira no se hizo de rogar con Fabio como lo solían hacer las otras mujeres del barrio para hacerse las interesantes. Esa misma noche hicieron el amor en un arenal y al amparo de un árbol de guarango. No se dieron tregua, sus cuerpos exigían amarse una y otra vez. A la semana se casaron, lo celebraron a la manera de Fabio, o sea trabajando duro. Invitaron a 100 personas, contadas una por una por la mismísima Elvira. Para tan celebrada ocasión a Fabio se le ocurrió que en vez de que se pisara la uva con los pies, se cambiara el procedimiento a aplastarla y exprimirla con las manos.
- Es más higiénico – dijo
En aquel día soleado, los invitados disfrutaron sacándole el jugo a las uvas.
Nueves meses más tarde, el 20 de Agosto de 1925 nacía Paula Tenderini Ramos. El doctor que la atendió en el Hospital de Ica le dijo a Elvira
- Esta niña va ser una torita
- ¿Cómo una torita, Doctor? – dijo asustada Elvira
- Es que tiene un corazón que hace bum bum bum. Esta niña va vivir muchos años.
- Dios lo oiga doctor y que sea sanita también – se persignó Elvira
- De algo estoy seguro, va ser una traviesa – al hablar el Doctor se percató que la niña Paula parecía hacerle una sonrisa amplia.
Los Tenderini tuvieron un hijo por cada año. Hacia 1934 ya eran 9 los hermanos de Paula, menos mal que Elvira cerró la “fábrica” porque de ser por Fabio necesitaba más hijos varones para que le ayudaran con el negocio y además alguien tenía que encargarse de la bodega en el futuro.
Para Paula no iba eso de jugar con muñecas, tampoco eso de jugar con autos. Para ella su juego preferido era las escondidas. Desde niña había visto que su padre perseguía a su madre por toda la casa. Se supone que ella estaba durmiendo en su cuarto, pero siempre los espiaba. A la medianoche, Elvira emprendía desnuda una carrera desde su cuarto gimiendo: “No me atrapas lero lero” y luego se escondía en algún lugar de la casa. Diciendo estas palabras, se callaba la boca. El flaco Tenderini, siempre con ropa de dormir, sólo se guiaba por esas primeras palabras para tentar encontrar el lugar hacia el que se había dirigido su mujer. Paula luego escuchaba que su mamá decía: ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!. Ese agradecimiento la arrullaba a Paula y a sus hermanitos.
Con el aporte de ideas de sus hermanos hicieron variaciones del juego de las escondidas. Iban de Lunes a Sábado por las tardes al Centro Comercial Embassy y ahí jugaban. Un día lo hacían con la variación “escondidas-chapadas”, “escondidas-nueve locos”, otro día “escondidas con baile” (a este juego “musical” se unieron muchos niños de Chincha atraídos por esos ritmos afro-italo-peruanos que se habían inventado los niños Tenderini a ritmo de cajón y guitarra). Ya con muchos amiguitos a Paula se le ocurrió que los días domingos sean de la variación “escondidas-frejol colado” la cual consistía en dar un premio a aquellos niños que encontrarán más rápido a sus compañeros. El premio en efecto era un plato de frejol colado. A Paula y sus hermanos, papá Tenderini les había enseñado desde pequeños que lo mejor que puede hacer una persona por su prójimo es compartir. Los domingos los niños de la Calle Pardo eran felices con esos postres preparados por Elvira y Paula.
El estallido de la Segunda Guerra Mundial terminó con la alegría de compartir. No solamente empezó una época de hambre y escasez, las enfermedades también hicieron mella en la población. Toda la costa del Perú puso énfasis en el cultivo del trigo, la papa y el maíz. La vid pasó a un segundo plano. 5 hermanos de Paula murieron esos años que duró la guerra, de complicaciones respiratorias dijeron los doctores, eso nunca le quedó claro a Paula. Luego de la guerra, el 14 de Febrero de 1947 siendo las 7 de la mañana, dos hermanos más morían, justo los más apasionados y que le seguían en orden de edad a Paula. Todos en Chincha, especialmente las jóvenes, supieron la causa de su muerte: infarto fulminante. Habían hecho del amor, no un arte sino un “ejercicio adrenalínico y a tiempo completo” donde mayor cantidad de horas por día era el reto semana tras semana. Esto finalmente los condujo al hoyo. Las mujeres que formaron parte de sus experimentos los lloraron a mares en su entierro. Ese fue el primer día en su vida que Paula no sonrió. Es más al mirar a todas esas “doncellas” (entre comillas) cumplir con el último deseo de sus hermanos y tirar cada una sus calzones a la tierra dijo: ¡Que asco!
El Domingo de la primera semana de Primavera de 1952 sorprendió a Paula y sus hermanos Giancarlo y Tulio (los sobrevivientes) en la misa del Padre Adrián. El Padre hablaba en la homilía sobre la mujer ideal, apoyaba sus ideas en el Libro de los Proverbios:
Hermanos, Salomón, un hombre dotado de mucha sabiduría nos dijo en el Libro de los Proverbios Capítulo 31, a partir del versículo 10, que una mujer que honre a Dios escasea hoy en día por eso el valor de ella es incalculable. La mujer ideal es aquella en la que el esposo confía plenamente, es una trabajadora diligente, tiene criterio y juicio para los negocios, es solidaria con los pobres y es una consejera sabia. En suma es una mujer virtuosa. ¿Quién de ustedes la está buscando?
Víctor Coronado dijo para sus adentros: “Yo padre”. Llevaba un tiempo asistiendo perseverantemente a la Catedral de Chincha, no por vocación religiosa, más bien por un pecado en particular. Hacia dos años que había conocido una mujer casada y había posado sus ojos en ella, un día no pudo más con ese fuego que le quemaba por dentro y fue a confesarse donde el padre Adrián
Víctor: Padre he mirado a mujer ajena.
Padre Adrián: ¡Hijo! ¡Eso es pecado mortal!
Víctor comenzó a sudar ante tamañas palabras, estaba condenado a muerte. Menos mal que luego el padre Adrián le explicó el significado de un pecado mortal, le dio una penitencia y luego le dijo que el Señor le había perdonado sus pecados. A partir de ese día, y por un por si acaso, Víctor se convirtió en un asiduo feligrés que iba semanalmente a la misa de los domingos.
Aquel Domingo, en el momento de la comunión, el coro empezó a cantar “Hosanna”. Víctor, que para esto se confesaba todos los jueves a las 7:30 p.m., formó su cola a la espera de recibir su hostia. Cuando faltaba poco para llegar donde el sacerdote, Víctor distinguió una voz dentro del coro que le distrajo, buscó con la mirada a la dueña de esa melodía hecha voz. No podía dar fe de lo que veían sus ojos: era una mujer igualita a Sofía Loren. Alta, robusta, de labios carnosos, pechos grandes y abultados, caderas del demonio. Ella lo miró por un instante. César se tambaleó.
Padre Adrián: ¿Qué te pasa Víctor?
Víctor: Perdón padre.
Recibió la hostia, se acercó al padre y le dijo en voz baja
Víctor: Quiero conversar con usted luego
El Padre Adrián le hizo un gesto como de ok.
Al terminar la misa, los feligreses empezaron la retirada. Víctor se mantuvo en su banca y observó que “Sofía Loren” recogía parte de los instrumentos musicales y se iba con el coro fuera de la Iglesia, dos muchachos rubios la acompañaban. Llevaba consigo una sonrisa increíble.
Padre Adrián: Dime hijo, quieres que vayamos al confesionario
Víctor: No padre, quiero hablar de hombre a hombre
Padre Adrián: En ese caso vamos donde la pensión de la Sra. Rosa, hoy me ha dicho el sacristán que han preparado un chupe de pallares verdes que para que te cuento …. vámonos.
El sacerdote Adrián era como el padre que nunca conoció Víctor. Al nacer, lo abandonó a él y a su madre, quien lo cuidó y educó con muchos sacrificios. Fue por esas cosas de Dios, que el Colegio José Pardo promoviera la primera comunión entre sus alumnos de Primaria. Ahí fue que se inició la amistad entre Víctor y el Padre Adrián. Con el correr de los años el sacerdote se sabía de memoria los pecados de Víctor y también conocía de su afán por ser mejor persona.
Padre Adrián: Este zapallito italiano le da un saborcito delicioso.
Víctor: Si padre.
Padre Adrián: Tú dirás. Seguro que se trata de mujeres, ¿verdad?
Víctor: Si padre…. ¿Cómo adivinó?
Padre Adrián: Te conozco Víctor.
Víctor: Mire hoy en la misa vi a una chica ……
Padre Adrián: …… en el coro. Se llama Paula. Soy su confesor y es una mujer de conducta intachable.
Víctor: Asu. Es igualita a …..
Padre Adrián: ….. Sofía Loren. La misma de la que me hablas desde el año pasado cuando fuiste a Lima y viste en “El Comercio” un reportaje sobre la nueva diva italiana.
Víctor: Usted me lee la mente.
Padre Adrián: ¿Qué quieres? ¿Qué te la presente?
Víctor: Para nada padre. Sólo quería saber …….
Padre Adrián: ……. si es la mujer ideal para ti. Pues yo te diría que la conocieras, trátala hombre, no te dejes deslumbrar sólo por su belleza. Paula tiene su carácter a pesar de esa sonrisa tan enigmática. Te voy ayudar ¿Te parece?
Víctor: Gracias pero ¿Cómo?
Padre Adrián: Te voy a integrar al Grupo Parroquial de Giancarlo y Tulio.
Víctor: ¿Quiénes son esos?
Padre Adrián: Los hermanos de Paula, seguro los viste ahora con ella.
Víctor: ¿Los blanquiñosos?
Padre Adrián: Aja. No se parecen a Paula ¿verdad? Bueno te cuento que los Tenderini, así se apellidan ellos pues son de sangre italiana, fueron 10 hermanos. Yo bauticé a todos. Por la hambruna y enfermedades de la guerra y post-guerra ahora sólo quedan tres con vida. Fueron 9 niños blanquiñosos y una niña, Paula, que salió trigueña como su madre, además le heredó la belleza.
Víctor dividió su tiempo entre la algodonera donde trabajaba y su asistencia a las reuniones del grupo parroquial de los Tenderini. Giancarlo era un tipo asequible, en cambio Tulio era bien fastidioso. Igual logró hacer buenas migas con ellos. El día que le presentaron a su hermana Paula fue el más feliz de toda la existencia de Víctor. Llevaba puesto un vestido celeste que combinaba con sus ojazos y su sonrisa.
Paula: Tú te sientas en la cuarta banca, al extremo derecho los domingos ¿verdad?
Víctor: Si. ¿Cómo lo sabes?
Paula: Siempre te me quedas mirando
Víctor Se quedó callado y se puso rojo como un tomate.
Víctor: ¿Qué te parece si salimos a la calle a tomar aire?
Paula: Pensé que me ibas a invitar una chocoteja
Víctor: Ahorita sólo tengo para mi pasaje, otro día lo puedo hacer.
Paula: Te bromeaba, vamos a ver la luna llena.
Salieron de la parroquia, y la luna llena alumbraba Chincha. Respiraron, contemplaron a la poca gente que transitaba a esas horas, el Sr. de gorra que parecía pensar sentado en una de las tablones de la Plaza de Armas, la pareja de enamorados que discutía en el otro lado de la calle, el camión con pacas de algodón que transitaba de sur a norte, un niño en ojotas que iba de norte a sur comiendo un mango.
Paula: Es lindo esto.
Y diciendo aquello Paula empezó a correr
Víctor le gritó: ¡¿Qué te pasa?!
Paula: Nada …. Ponte a contar hasta 10 y luego búscame por toda la Plaza. ¿A qué no me hallas en 3 minutos?
Víctor se puso a contar 1, 2, 3, 4, 5, ….
En el conteo 6 y 7 escucho la voz de Paula diciendo: “Lero Lero Lero Lero”
Al conteo 10, se arremangó los puños de la camisa, hizo con su mirada un enfoque de 180 grados, movió su sombrero imaginario a lo John Wayne y empezó la búsqueda. Tras esos segundos contando sólo había quedado en la Plaza, el hombre de la gorra que lo miraba y reía: ji ji ji. La pregunta era ¿dónde se había metido Paula? Víctor cruzó en diagonal toda la Plaza mirando hacia el lado derecho punto por punto, el olor a pasto mojado fue lo que más percibió. Volteó, y repitió el procedimiento para ver el otro lado de la Plaza. No parecía estar en ningún lado. El hombre de gorra seguía con su: ji ji ji. Las palmeras parecían examinarlo a Víctor, ya habían pasado los 3 minutos, la derrota era inminente pero ella no estaba. Por un momento pensó que algo le había pasado. No escuchaba risas, nada, de pronto pensó en esas palmeras altas que por efecto de la luna reflejaban sombra. Ahora si la iba a encontrar y la encontró, en una de las palmeras cercanas al tipo de gorra observó la formas de dos copas redondas y erguidas, eran el reflejo de los senos de ella.
Víctor: ¡Te atrapé!
Paula: Ja ja ja. Mira que has perdido, te demoraste 7 minutos.
Víctor: Lo se, pero di contigo al final.
Paula: Te voy a dar un premio.
Víctor excitado dijo: ¿Cuál?
Paula: Mañana ya.
Y diciendo esto se fue corriendo la “Sofía Loren” de Víctor.
En la radio pasaban la radionovela cubana de las 6. Paula y su mamá escuchaban la historia de Roberta, mujer engañada por los 4 maridos con los que se casó. Escuchaban a Roberta decir: “Tú que sabes de respeto y lealtad si nunca has amado a alguien, ni siquiera a ella”.
Paula: Mamá, mi papá ¿alguna vez te puso los cuernos?
Elvira: No hija.
Paula: ¿Cómo estás tan segura?
Elvira: Eso es algo que las mujeres sabemos, lo olemos, lo sentimos principalmente.
Paula: mmmmmm. Sabes he conocido un chico.
Elvira: ¿De dónde es?
Paula: Va los domingos a verme cantar al coro de la Catedral. Creo que viene de Ica.
Elvira: ¿Qué edad tiene? ¿Tiene padres? ¿A qué se dedica? ¿Qué quiere contigo? ¿Por qué hablas de él así con los ojos medio cojudescos?
Paula: Mamáaaaaaa recién lo he conocido, pregúntale a Giancarlo y Tulio, ellos me lo presentaron.
Aquella noche, Elvira conversó con sus hijos varones. A la mañana siguiente no le dijo nada a Paula.
Paula se encontró con Víctor en el grupo parroquial. Charlaron, se rieron. Víctor llevo una guitarra y le dijo que le iba a dedicar una canción. Paula se rió hasta no más poder.
Víctor: Es una canción italiana, me la enseñó el Padre Adrián.
Paula: Míralo pues, enseñando esas cosas a los mocosos como tú.
Víctor: “La donna e mobile qual piuma al vento, muta daccento, e di pensiero…..”
Paula: Ja ja ja ja ja ja ja.
Se fue corriendo y le hizo un gesto con la mano para que la siguiera.
Víctor dejó la guitarra y fue en pos de ella. Todos los del grupo parroquial se olían algo ahí, entre esos dos. Giancarlo estaba feliz. Tulio no, alzó las cejas y se llevó la mano al mentón.
Por la noche Tulio conversó con su mamá.
Los días pasaron, las semanas pasaron. La sonrisa de Paula se había extendido 2 centímetros, la única que lo había notado fue Elvira, su madre. Inesperadamente tocaron la puerta. Era Víctor con una bolsa.
Elvira: Dígame Sr.
Víctor: Soy Víctor, amigo de Paula. Usted debe ser la Sra. Tenderini.
Elvira: Ah usted es el famoso John Wayne
Víctor: ¿John Wayne?
Paula estaba detrás de Elvira conteniendo la risa con su mano derecha.
Elvira: La verdad que de John Wayne sólo tiene la altura, porque lo demás ...................
Paula no pudo más y estalló en risas.
Víctor se dio cuenta que era otra de las bromas de Paula.
Víctor llevaba en la bolsa melocotones, naranjas, melones y manzanas. Para él, regalar frutas al ir a una casa era regalar AMOR. La Sra. Elvira tomó con buen ánimo el obsequio, sabía todo acerca del muchacho porque Tulio se había encargado de informarle. Se sentaron a la mesa y se pusieron a hablar de temas varios
Elvira: ¿Y usted donde trabaja Sr. Víctor …?
Víctor: …. Coronado. Mi apellido es Coronado. Bueno, yo trabajo en la Desmotadora Santa Estela y manejo la prensa para sacar pacas de algodón.
Elvira: Oiga que bien. Eso tiene mucho futuro ¿verdad?
Víctor: Si Sra., Chincha es una tierra privilegiada para el algodón.
Paula contemplaba con los ojitos brillantes la conversación de Víctor con Elvira.
Elvira: ¿Cuénteme de sus padres?
Paula: Mi papá nos abandonó a mi madre y a mi cuando yo nací. El sacerdote Adrián ha sido como un padre para mí.
Elvira: ¿Tiene hermanos?
Víctor: Soy hijo único.
Elvira: ¿Está usted en condiciones de sostener un hogar?
Víctor: mmmmmmm
Paula: Mamáaaaaaaaaa
Elvira: Responda
Víctor: Si Sra. No solamente eso. Estoy dispuesto a amar y serle leal a su hija hasta el último instante de mi vida.
Elvira: ¿En serio? Suena muy idealista eso que habla. Tenga en cuenta que “El hombre propone y Dios dispone”.
Víctor: Lo se Sra. Pero mi madre me enseñó que lo más importante en un hombre es su palabra. Yo le estoy dando mi palabra.
Elvira: Eso me gusta. Dígame ¿Usted es de los que lo único que saben hacer es quejarse o es de los que luchan?
Víctor: De los que luchan.
Elvira: ¿Le gustan los niños?
Paula: Mamáaaaaaaaaaa
Víctor: Si, quiero tener muchos con Paula.
Elvira: Mire, mi Paula quiere mucho a los niños, desde chica fue así. Si viera como le dolió cuando murieron sus hermanos. Le hago la pregunta porque debe saber usted que un hombre que ama verdaderamente quiere que su mujer cuide a sus hijos.
Víctor: Yo la amo Sra. Tenga por seguro que Paula va cuidar de nuestros hijos. Yo siempre voy a proveer lo necesario.
Elvira: Cuando un hombre y una mujer forman un hogar, ambos deben asumir sus responsabilidades con seriedad. ¿Entiende el mensaje?
Víctor: Lo entiendo Sra…… perfectamente
Paula se quedó pensando en las palabras de su madre.
Elvira: Yo quiero que mis nietos sean felices como mi Paula, no quiero que sean como esos niños en ojotas que veo en la calle y se acercan a ofrecerme tejas y tienen una cara que parece hablar y decir “nadie nos quiere”. Para ser padre, se debe preparar. En un matrimonio, la mujer debe reforzar la autoridad del padre y él debe reforzar la autoridad de la madre, mucho diálogo entre ambos y marchar en una sola línea de disciplina. Mire, entre mi querido Fabio, que en paz descanse, y yo formamos así a nuestros hijos y por eso yo me siento la mejor madre del mundo. Todo lo hicimos con amor y por ellos, no fuimos perfectos pero dimos lo mejor.
Le salieron unas lágrimas a Elvira. Paula también inundó su rostro de lágrimas pero igual siguió sonriendo. Víctor contemplaba todo seriamente.
Elvira volvió a la carga
Elvira: Sabe usted joven ¿Qué es lo más importante en el matrimonio, además de todo lo que le he dicho?
Víctor: Paciencia.
Elvira: ….. y tolerancia. Recuerde esas dos palabras por siempre.
A los 8 meses de haberse conocido se casaron Víctor y Paula. El matrimonio fue en la Iglesia de San Francisco, en Ica, bajo la dirección del sacerdote Adrián. La recepción la hicieron en el patio del Hotel Mossone, aquel alojamiento que se encuentra junto a la apacible y romántica Laguna de Huacachina. Los invitados tomaban vinos y piscos, bailaban valses, boleros, guarachas, sus hijos se divertían jugando a las “escondidas-chapadas”. Por la noche, se despidieron de la pareja y ellos se fueron a disfrutar su luna de miel.
Paula había llegado virgen al matrimonio. Víctor no, él había aprendido el arte de hacer el amor en el distrito de El Carmen. Las mujeres de aquel lugar sabían como llevar al hombre al oasis del placer, a la última galaxia de la locura orgásmica. Pero por sobre todo, eran mujeres sencillas que les gustaba enseñar, educar a los hombres sobre como hacer feliz a una mujer en la cama. Al fin y al cabo, ellos le retribuían con amor, el amor que ellas le daban. Víctor tuvo 2 novias en El Carmen. Las dos fueron sus maestras. Dónde tocar, que decir, que hacer en tal momento, como oler, como rozar, como entrar, como moverse, que posición hacer de acuerdo a la hora en que se practicaba el amor, le enseñaron todo. Ahora era el momento de amar a la mujer que él había elegido por esposa.
Paula previamente había sido adiestrada por su madre para aquella noche. Pura teoría, nada de práctica. Paula quería ser feliz en esos instantes y que Víctor también lo fuera. Optó por dejarse llevar por él.
Se besaron primero bien apretados sus cuerpos, sintiéndose como uno ya desde ese momento. Separaron sus cuerpos unos centímetros para desnudarse. Víctor se puso medio torpe, al contemplar la piel arena de la mujer más bella que había visto en su vida. Hasta le salieron lágrimas al mirar tanta perfección que Dios había esculpido. Por su parte, Paula examinó el cuerpo de Víctor pero no se sorprendió, sólo se rió. Víctor no le dijo nada al verla reír, ni ella nada al verlo llorar. Unieron sus cuerpos e hicieron el amor. Afuera explotaban fuegos artificiales y una pareja de gatos aullaban de placer.
Un doctor italiano llegó por esos meses a Chincha y hablaba que la mejor manera de planificar los hijos era mediante el método del ritmo. Víctor y Paula fueron a verlo y les explicó en que consistía eso de hacer el amor sólo en determinadas fechas. En un calendario apuntaban entonces las fechas para amarse, esos días Paula preparaba mucho jugo de maracuya para que Víctor lo bebiera. Además compraba sandía como el postre de la mañana, tarde y especialmente la noche. Durante aquellos días Víctor se transformaba, por la alimentación, en un ser más que vigoroso …. era un tigre con Paula. Se amaban tanto que el parquet de la casa donde vivían pedía piedad.
A los dos años de tanto amor, nació Silvana Coronado. Una niña que llegó en época de la fiesta de la vendimia. En un ambiente de celebración de la uva en las calles, de alegría y entusiasmo, Paula se percató que la niña no sonreía, más bien era seria y miraba fijamente al padre.
En Febrero de 1956, Víctor viaja a Lima porque sentía un dolor a la altura del hígado, volvió en un cajón a Ica porque falleció. Le fue fiel a Paula, padre ejemplar con la hija que tuvieron ambos, en otras palabras cumplió con la promesa que le dio a la Sra. Elvira. El matrimonio había durado 3 años. Paula no lloró, por segunda vez estuvo seria en su vida, esa sería también la única vez que madre e hija estuvieran serias al mismo tiempo.
Con el paso del tiempo, Paula demostró ser una madre ejemplar como lo había sido Elvira, trabajando en la bodega de su padre junto con su madre y sus hermanos. En las fotos de los Cumpleaños siempre aparecía Paula sonriendo y Silvana toda seria. A diferencia de su madre, a Silvana nunca le gustó eso de jugar escondidas, de niña prefirió las muñecas y cuando fue adolescente prefirió jugar con “los chiquillos” a las “tocaditas”. Ya de mayoría de edad, migró a Lima para seguir estudios universitarios. Unos años después Silvana contrajo matrimonio y se llevo a su mamá a vivir con ella. Los primeros años del matrimonio, el Sr. Alvaro Vizcarra le daba el amén a la suegra Paula, inclusive le celebraba sus chistes, compartían bromas y los sábados la llevaba al Supermercado y ahí él con su cochecito de compras se paseaba por todo el local buscándola ya que ella se había escondido. En verdad esa primera etapa del matrimonio de Silvana, tanto yerno como suegra se llevaron de maravillas.
Sin embargo a inicios de los 90 y ya con dos hijos corriendo por la casa, ocurrió una desgracia: al Sr. Vizcarra lo echaron del trabajo. Con su compensación por tiempo de servicios les alcanzó para sobrevivir un tiempo, incluido el dinero que aportaba Silvana que por aquel entonces trabajaba en un Centro Comercial que recién se había abierto en San Isidro y que todos decían iba tener un gran futuro. Llegó un momento en que vivían del dinero de Silvana, al Sr. Vizcarra no le gustaba eso de vivir del dinero de su mujer y en su mente añadió que encima tenía que compartir la casa con su suegra. No tener trabajo empezó a desgastarle el cerebro, no había empleo en Lima, no tenía vara, no tenía alguien que le ayudara.
Silvana: Amor, tú no necesitas que nadie te ayude. Sólo tú te puedes ayudar.
Alvaro: Son unos desgraciados. Tanto que hice por ellos y así me echaron. Aquí el que no tiene padrino se jode.
Silvana: Cariño no hables así.
Alvaro: Es cierto.
Silvana: Es una pena que mis tíos Giancarlo y Tulio hayan fallecido. Ellos te hubieran ayudado porque mis primos dudo mucho, son muy egoístas, imagínate que hasta ahora se pelean por la herencia de la Bodega Tenderini.
Alvaro: Hablando de los Tenderini. He hecho mis cálculos y si enviamos a tu madre a un Hogar de Reposo nos ahorraríamos unos 600 soles.
Silvana no podía creer lo que le proponía el Sr. Vizcarra.
Silvana: ¡Estas loco! ¡Es mi madre! ¡Que miércoles te ocurre!
Alvaro: No …. Para nada. Mírala.
En ese momento Paula jugaba con sus nietos a las escondidas y era puro ji ji ji ja ja ja.
Alvaro: Los niños en vez de estar ahí gastando energías deberían mirar tele para que luego no estén fastidiando con la comida.
Silvana: ¡Has perdido la cabeza …… definitivamente!
Alvaro: Mi amor piénsalo. Son 600 soles. Ten en cuenta la pensión del colegio de los niños.
Silvana quería llorar, pero mantenía el rostro serio, aguantando las lágrimas. Recordaba que Paula le había enseñado a ser una mujer con coraje y agallas. Lo quería a Alvaro, pero este era un blandengue, nada que ver con sus ídolos que eran Víctor Coronado (su padre) y Fabio Tenderini (su abuelo), hombres leales, confiables, diligentes y que sudaban hasta la última gota luchando por la vida.
Silvana: Me gustaría que cambiaras esa actitud.
Alvaro: ¿Cuál actitud? Yo estoy bien así como estoy.
“Las personas adultas no cambian. Antes de casarte piensa bien con quien te vas a unir o quieres separarte al tiempo. No creas que tú lo vas a cambiar en el camino, como te digo un adulto ya no cambia. No sueñes con lo que te dicen otros. La verdad es una y es esta. Mejor es que sufras ahora que sufras toda una vida” sonaron estas palabras de Paula en el recuerdo juvenil de Silvana, de cuando estaba de enamorada de un chico que era embustero de nacimiento y de práctica.
“La vida es un juego para ser feliz permanentemente. Juega a ganadora, juega bien, sin trampas y serás siempre feliz” se le vino otra frase de Paula.
“Toda la vida te has fijado en galifardos”
“En esta sociedad de apariencias, donde todos te señalan y juzgan, lo más importante para una mujer es su prestigio”
“Si no aprendes a pensar hoy, mañana o más tarde alguien lo hará por ti y te manipulará”
“¿Me has visto alguna vez triste o colérica?”
“En la vida conocí mucha gente mierda pero siempre tuve agallas para enfrentarlos”
A la cabeza de Silvana le vino la imagen de Paula sonriendo y diciéndole diferentes frases a lo largo de su vida. Debía ser rápida y precisa en su decisión. Fue a conversar con Paula para manifestarle su propuesta. Paula aceptó de buena gana porque para ella lo principal era que el matrimonio se mantuviera unido y que esos niños no sufrieran eso de tener padres separados. Era tal el amor por su hija que de inmediato se fue a armar su maleta. La tolerancia de Paula era increíble, el amor de ella también, Silvana con su cara seria fue donde Alvaro
Silvana: Ya conversé con mamá
Alvaro: ¿Y?
Silvana: Aceptó ir al Hogar de Reposo.
Alvaro: Que bien. Vas a ver que fue la mejor decisión.
Silvana: No creas que todo vaya ser tan fácil para ti.
Alvaro: ¿A qué te refieres?
Silvana: Primero: Ahorita mismo te vas a conseguir empleo de lo que sea, no me importa. Segundo: Todos los sábados y domingos, sin falta vas a visitar conmigo o sin mí a mi madre.
Alvaro: Pero mi amor, tú sabes que los sábados tengo partidos de fulbito en la canchita con mis amigos, y los domingos …….
Silvana: No me vengas con pendejadas, te estoy comunicando, no te estoy pidiendo tu opinión ni comentarios.
- Chicas de ese modo fue que yo llegue aquí al Hogar de Reposo: Virgen Purísima. Hice grandes amigos como “el internacional”, “el cantante”, “la indomable”, “la enterita” y a ustedes. Mi hija hoy es feliz al lado de su esposo, ella siempre viene a visitarme de Lunes a Viernes, en cuanto a mi yerno, el buen hombre viene religiosamente los fines de semana trayendo a mis nietos. Imagínense que no vinieran, extraño el calor de la familia. Pero igual con mis amigos y ustedes hemos creado algo lindo aquí.
Las enfermeras Karla y Patricia sonrieron ampliamente. Paula también.

























