La noche
es húmeda
(Escrita por David
Cotos – Perú 2011)
Ella
dijo que conmigo no sentía nada, solamente sentía que le echaban un líquido.
La
noche es húmeda en el invierno limeño, lo es más si trabajas de madrugada. Eso
lo sabían muy bien Toribio Mendoza (conocido como Toro), Manuel Vidaurre (al
que llamaban Perro), Martín Eguren (su apodo era Rata) los cuales eran taxistas
que pertenecían a la Asociación de Transportes 2 de Mayo. En un grupo de
automóviles tico de color amarillo ofrecían sus servicios en la Plaza Bolognesi
en el horario comprendido entre la medianoche y las 8 de la mañana.
Ella
también dijo que lo tenía tan chiquito y delgadito que parecía la pinguita de
un bebé.
Toro:
Ja ja ja. Rata, tú siempre hablando huevadas.
Los
otros taxistas reían al igual que Toro, sólo Rata se encontraba serio.
Rata:
En verdad ella dijo eso de mí.
Toro:
¿Será cierto entonces? Ja ja ja.
Rata:
No, no no. Ustedes saben que tengo 4 hijos con mi ex-mujer. Eso me pasa por
meterme con una cualquiera.
Toro:
Ya te he dicho que te busques mujeres decentes, eso de entrar y salir por las
alcantarillas no te lleva a nada, sólo te va traer problemas.
Perro,
que se encontraba al lado de Toro, sonreía. Se calentaba con un cigarrillo y
miraba el ambiente de la medianoche. Un vagabundo jalando unas cajas, un par de
prostitutas bien arregladas de rostro, con minifalda en busca de parroquianos, una
señora caminando apresuradamente y haciendo gestos de fastidio al ver el
espectáculo de la medianoche. Seguía
repasando a cada personaje de la noche cuando observó a un tipo de unos
cincuenta años que se estacionaba cerca
y luego caminaba en dirección hacia ellos. Era flaco, de cuello largo,
los ojos medio salidos, cabello de color negro (a pesar de su edad) y bien
peinado. Toro se acercó, le estrechó la mano y luego lo presentó.
Toro:
Señores, con ustedes nuestro nuevo compañero de trabajo. El Señor Leonidas
Olaechea.
El
flaco les dio la mano tímidamente e hizo una mueca de sonrisa.
Toro:
¿Quién se anima a decirle las reglas?
Rata
ni escuchó, más estaba prestando atención a una morena de blusa negra, pechos
abultados y zapatos de taco blanco que le levantaban más el trasero. Perro de
inmediato habló.
Perro:
La primera regla es el respeto. Yo te respeto, tú me respetas. La segunda regla
es aquí se viene a trabajar, no a huevear. Ahora te digo la tercera, espera un
momento. Rata conchetumaquina ¿estás escuchando?
Rata:
Si….. perdón.
El
flaco se quedó pensando en las dos reglas y en lo que acababa de acontecer con
el Señor Eguren.
Perro:
Continuando. La tercera regla es la comunicación. Acá si tenemos que decirnos
algo, nos lo decimos. Escucha, te pongo un ejemplo, supongamos que un cliente
quiere irse a Chorrillos y no conoces muy bien la ruta, igual acéptalo, al
toque nos llamas al celular y te decimos la mejor ruta. Eso si solapa con
claves te decimos como llegar más rápido y cobrar más.
Al
flaco le gustó la idea, seguía callado.
Perro:
Oye ¿tú no hablas?
El
flaco siguió callado, movió el labio inferior hacia arriba y ovaló los ojos.
Toro:
Lo que pasa es que no lo hemos bautizado pues Perro.
Perro:
Tienes razón.
El
flaco por fin habló: ¿Bautizo?
Perro: Je je….. ven acá Pescuezo.
Diciendo
esto Perro lo tomó por el cuello y lo colocó frente a su taxi.
Perro:
Grita ¡Yo no tengo miedo! Vamos, hazlo.
El
flaco estaba traumado, inclusive pensando en renunciar a lo que ni siquiera
había empezado.
Perro:
¿Qué carajos, te pasa? Grita ¡Yo no tengo miedo!
El
flaco gritó: ¡Yo no tengo miedo!
Perro:
Eso está bien. Una vez más.
El
flaco volvió a gritar con una furia incontenible: ¡Yo no tengo miedo!
Los
aplausos no se hicieron esperar por parte del público. El vagabundo saltaba con
sus cajas en la mano y gritaba: ¡Pescuezo!, ¡Pescuezo!, ¡Pescuezo!. Las
prostitutas aplaudían y decían: ¡Bravo! ¡Bravo! y miraban coquetamente al
nuevo. La señora que siempre caminaba a esas horas susurraba en voz baja al
viento: Locos de mierda.
Toro:
Eso es Pescuezo, eres de los nuestros.
Pescuezo:
¿Por qué me llaman Pescuezo? Mi nombre es Leonidas, no me gustan los apodos.
Quiero respeto.
Perro:
Y lo vas a tener. Pero primero debo informarte que acá usamos puras claves para
comunicarnos, entre ellas el uso de apodos entre nosotros ¿entiendes? Yo soy
Perro, Toribio es Toro y Martín es Rata.
Pescuezo:
Todos tienen apodos de animales. ¿Por qué me has puesto Pescuezo?
Perro:
El vago ese de ahí escuchó cuando te jalé al taxi y te dije Pescuezo, fue de
casualidad. Igual me gusta el apodo. ¿Ustedes qué dicen muchachos?
Toro
y Rata alzaron sus dedos pulgares en señal de aprobación.
A
la 1 de la mañana, llegó al Paradero una Custer que venía del Centro. Bajaron
muchas personas, en su mayoría contadores, administradores y economistas que
laboraban hasta altas horas de la noche. El paradero era un punto de conexión
para que algunos de ellos tomaran taxi y otros tomaran combis para llegar
finalmente a su vivienda. Rata y Perro cogieron clientes y se marcharon. Toro
le dijo a Pescuezo que lo buscara a las 9 de la mañana, al momento de entregar
sus vehículos al Coordinador de la Asociación de Transportes. En ese instante
un hombre con maleta se subió al carro de Toro y se marcharon.
Todo
fue tan rápido que Pescuezo se fastidió por el recibimiento de sus compañeros,
pero era realista, le faltaba empleo y ser taxista de madrugada implicaba no
solamente un trabajo sino una mayor ganancia que taxear de día. Buscó su
automóvil y empezó a laborar. Las horas siguientes subieron al vehículo un
practicante de una empresa de prestigio que se quejaba de que su jefe lo
explotaba y un tipo que recibía mensajes de texto a cada rato de su mujer
celosa. En la última carrera le tocó una joven que sufría porque su enamorado
la había dejado por otra.
A
la hora acordada, Toro y Pescuezo entregaron sus vehículos y recibieron su
porcentaje de las ganancias por el día de trabajo. Toro le dijo a Pescuezo para
tomar un caldo de gallina en Paseo Colón.
Al sentarse en la mesa, Pescuezo notó que Toro llevaba un aire perdido
en su mirada.
Pescuezo: Te veo triste. ¿En qué piensas?
Toro: En que cuando uno dice las verdades …. nadie lo
quiere.
Pescuezo: A ¿qué te refieres?
Toro: No te ha pasado que le has dicho la verdad a
alguien y esta persona se ha sentido ofendida.
Pescuezo: Siempre.
Toro: Y lo dices así todo tranquilo. ¿Eres casado?
Pescuezo: Soy viudo.
Toro: ¿Tienes hijos?
Pescuezo: Cuatro.
Toro: Igual que Rata. Ustedes han sido bien
productivos.
Pescuezo: Ji. ¿Y tú?
Toro: Yo también soy viudo, como tú, sólo que no tengo
hijos.
Pescuezo: Al menos tenemos algo en común.
Toro: Yo diría que dos cosas en común.
Pescuezo: ¿Cuál es la otra?
Toro: A mi también me gusta decir las verdades.
Pescuezo siguió tomando su sopa calientita. Afuera la
neblina y el ruido de los autos invadían la ciudad. Toro le enseñó las claves
que tenían con Perro y Rata para cuando tuviera dudas sobre rutas y llamara por
el celular. Le entregó un papel con el
decálogo del buen taxista y para finalizar dijo algo bien extraño.
Toro: Un hombre es amable con una mujer y ellas ya se
creen que uno está enamorado de ellas.
Diciendo esto se desapareció en medio del tumulto de
estudiantes que transitaban por la Avenida Wilson. Pescuezo se abrigó el cuello
con su chalina y se fue a dormir.
Al llegar la noche, Pescuezo y Perro coincidieron en
recoger sus respectivos vehículos.
Perro: ¿Qué tal tu primer día?
Pescuezo: Todo bien. Con Toro nos fuimos a tomar un
caldo de gallina. Sabes ¿qué pasa con él?
Perro: ¿Por qué lo preguntas?
Pescuezo: No se, habla medio raro sobre una mujer.
Perro: ¿Te ha contado su historia?
Pescuezo: Sólo me ha dicho que es viudo y le gusta ser
honesto.
Perro: Toro es un tipazo. Luego que su mujer murió,
decidió que no se iba a convertir en un amargado. Paso el tiempo y se
transformó en un tipo bien galante con las mujeres, lamentablemente muchas
malinterpretaron, como que él quería una relación con ellas y terminaron jodiéndolo
porque hablaron tonterías que sólo provocaron que él se convirtiera en un tipo
reactivo con ellas.
Pescuezo: Pobre Toro.
Perro: Si pues. Nos vemos.
Pescuezo llegó a la Plaza Bolognesi y se dio cuenta
que a unos metros, cerca de la Iglesia, Toro discutía con una mujer. Parecía
que ella gritaba y Toro se llevaba la mano a la cabeza a cada rato. Luego de
unos minutos, la mujer que por cierto no era nada atractiva, se fue en dirección
hacia el mar. Toro pasó por el costado de Pescuezo y como si no hubiera pasado
nada y en una actitud serena, le dijo: “Hoy va ser un gran día”.
En efecto fue un gran día, a Toro lo contrataron para
que llevara a un tipo al Aeropuerto y ahí le salió una carrerita para trasladar
a unos gringos a Miraflores. Le pagaron muy bien. Al momento de entregar su
vehículo se encontró con Pescuezo y le contó lo bien que le había ido.
Pescuezo, en cambio a las justas le había salido una carrera al Cono Norte.
Pescuezo: Hoy yo invito. Unos chicharroncitos aquí en
Don Lucho.
Toro: Ay que ricoooo. Perfecto, maestro.
Pescuezo y Toro tomaron un microbús que los llevo a
Pueblo Libre para comer sus panes con chicharrón y su tecito. En el camino
conversaban acerca de las alucinantes conversaciones con sus distintos
clientes. Pescuezo le comentó a Toro
sobre una mujer que tenía una cara llena de barros y la nariz media chueca,
aprovecho ese momentó para hacerle una pregunta sobre el asunto a Toro, al fin
y al cabo tenía curiosidad por lo que había acontecido a medianoche.
Pescuezo: ¿Existen las mujeres feas?
Toro: No. Sólo existen las mujeres sin plata. ….. ja
ja ja. Es una broma. La verdad es que para mi casi todas las mujeres son bellas
ya que cada una tiene algo especial, es decir, una gracia particular. Y digo
casi porque aquellas que se pueden llamar feas, fueron bellas alguna vez, su
problema es que con sus actitudes se volvieron feas. No se si me dejo entender.
Pescuezo: Hummmm. No tengo una visión tan amplia de la
belleza como tú, pero si te entiendo.
Toro: ¿Por qué me hiciste la pregunta? Seguro por la
flaca con quien me viste anoche ahí en la esquina.
Pescuezo: Pues si.
Toro: Dilo, no más. Para ti es una fea ¿verdad?
Pescuezo: Pues si.
Bajaron del bus, caminaron unos metros y entraron a
Don Lucho. Les trajeron rápido el pedido y lo disfrutaron el pan con un placer
sin igual. Mientras iba devorando su pan, Toro le dijo a Pescuezo
Toro: Esther, así se llama la chica con la que me
viste, para mi era la más hermosa del mundo. Un día pasamos de amigos a pareja
y ahí se malogró todo.
Pescuezo: ¿Por qué?
Toro: Porque ella era, mejor dicho es, ninfómana.
Pescuezo: ¿En serio?
Toro: Si. Muy desgastante, al menos para mi edad, ya
no estoy para esos trotes. Eso se lo dejo a Rata, él si que se encuentra en edad
de bombear.
Pescuezo: ¿Bombear?
Toro: Claro, pues tú sabes.
Toro hizo un puño con la mano derecha y luego hizo un
movimiento rápido y giratorio de izquierda a derecha.
Pescuezo: Ja ja ja.
Toro: Hay gente que no sabe lo que es el amor.
Pescuezo: ¿Qué es el amor?
Toro: Cuando tu cara se pone con granitos rojos … y
sudas te respondería Rata. Cuando tú te atreves a todo por ella y ella se
atreve a todo por ti, te respondería Perro (lo envidio, ese si que ha hecho un
buen matrimonio, su mujer es lo máximo, se complementan de una manera
increíble, además los dos tienen un carácter sin igual). En cuanto a mi: el
amor es tener tolerancia con los defectos y virtudes de tu pareja.
Pescuezo: ¿Tolerancia?
Toro: Claro, de no haber tolerancia el final seria más
próximo porque tú y yo sabemos que el amor siempre tiene una fecha final.
Pescuezo: Correcto.
Pescuezo recordó por un momento a su finada esposa.
Pescuezo: ¿Qué opinas de la infidelidad?
Toro: La infidelidad es para los cobardes. A una mujer
se le ama en forma total, intensa y apasionadamente. Eso de buscar partes en
otras, nunca fue conmigo.
Pescuezo: Asu que bravo. Eres un romántico.
Toro: Amé a mi esposa como ningún hombre lo hizo en la
tierra con mujer alguna. Luego fui atento con varias mujeres, sin buscar nada a
cambio y lo tomaron a mal. Finalmente conocí a Esther y me enamoré otra vez, lo
malo es que no somos compatibles, me cegué antes de tiempo.
Pescuezo: Entiendo. ¿Quién fue para ti la mujer más
bella que conociste en tu vida? ¿Esther o tu primera esposa?
Toro: Mi madre.
Al hablar de su madre, Toro puso de pronto una mirada
triste..
Pescuezo: ¿Tu madre?
Toro: Si, ella si que era bella. No existe amor más
grande que el que se siente por la madre.
Pescuezo:
¿Alguna vez le dijiste a tu madre cuanto la amabas?
Toro. Un día le
dije unas palabras de Benedetti que decían “te quiero porque tus
manos trabajan por la justicia”.
Pescuezo: Hasta poeta me saliste.
Toro: Ja ja.
Pescuezo: El mundo necesita que la gente vuelva a amar.
Toro: Si. Se han perdido los valores esenciales, es momento
de volver a cultivar el bien, la verdad, la justicia, la caridad y otros más.
Pescuezo: Muy cierto.
Terminada la conversación y con la promesa de Pescuezo de
contar su historia de amor la próxima vez, se despidieron.
Unos días después se reunieron a desayunar pan con camote y
leche, estuvieron en esta oportunidad los cuatro compañeros de trabajo. El
punto que eligieron fue la Avenida Alfonso Ugarte, cerca al Colegio Guadalupe.
Pescuezo: Antes de contarles mi historia, quiero saber el
origen de sus apodos.
Toro: El mío es porque miro de frente y me enfrento a los
problemas de la vida.
Perro: Por lo querendón y nada cojudón.
Rata: Sencillo, soy un pendejo.
Pescuezo: Perro bien curioso lo que dices.
Perro: Es la verdad.
Pescuezo: Todos ustedes son amantes de la verdad.
Rata: ¡Dios me libre!
Todos se rieron.
Pescuezo: ¿Por qué dices eso?
Rata: Hay que mentir siempre, si no como voy a triunfar en
la vida.
Toro: No le hagas caso a Rata, creció sin buenos ejemplos en
su familia, así que hizo lo que hacen muchos.
Rata: ¿Qué hice?
Toro: Ser como los otros quieren que seas y no como lo que realmente
quieres tú. Comportarte como un títere, como un ser manipulable.
Rata: A si, yo soy así. Ustedes son raros y porque gustan
hablar de las verdades van a terminar solos. Tú por ejemplo Toro, ya fuiste.
Toro: Sabes Rata, no me afectan tus palabras, ofensas, o
como quieras llamarlo.
Perro: Ya carajo ¡cállense!. Hemos venido a escuchar a
Pescuezo o a cojudear.
Toro y Rata hicieron silencio. Pescuezo empezó a contar su
historia.
Pescuezo: Me casé muy joven con Adriana, tuvimos cuatro
hijos. Parecía un matrimonio como el tuyo Perro, es decir nos llevábamos de
maravillas, al menos eso pensaba yo. Un día, tras 25 años de matrimonio, ella
me dijo que estaba enamorada de otro hombre y que se marchaba. No se imaginan
como sufrí, al enterarme de la traición y quedarme sólo con mis hijos. El
tiempo lo cura todo. A los dos años ya había rehecho mi vida cuando Adriana
apareció pidiéndome disculpas y que quería volver conmigo.
Rata: Lógico que la mandaste bien lejos …… me imagino.
Pescuezo: No. Ella se encontraba enferma de cáncer, le faltaba poco tiempo
para morir. No tuve ningún problema en aceptarla, nada de rencores o venganzas.
Al fin y al cabo era la madre de mis hijos. La cuide como se cuida a una bebé,
le daba el desayuno, almuerzo y comida. Por las noches le contaba cuentos y
películas. Tras ocho meses murió.
Perro: Que vida la tuya…….
Toro: ¿Te has vuelto a enamorar?
Pescuezo: Hace unos meses conocí a una mujer divorciada.
Rata: Esas son las mejores.
Toro: ¿Por qué dices eso Rata?
Rata: Tienen experiencia … ji ji.
Toro: Como me das pena.
Perro: Y ¿están de amores?
Pescuezo: Si.
Perro: ¿Cuándo te ha dicho que se ha divorciado?
Pescuezo: Me dijo que casi al mismo tiempo que nos
conocimos, o sea hace tres meses.
Perro: Y tan pronto quiere estar contigo. Ahí hay algo raro.
Pescuezo, tú eres un hombre bueno. Yo creo que te están manipulando.
Toro: Opino lo mismo.
Rata: Gózala…..
Perro y Toro lo fulminaron con la mirada a Rata, ya no volvió
a hablar en lo que quedó del tiempo para terminar el desayuno.
Los meses fueron pasando, los cuatro “ahora” amigos se
comunicaban bastante y eran los taxistas estrellas de la Asociación. Pescuezo
siempre contaba a sus compañeros lo bien que le iba con Juana, su “ahora”
novia. Era extraño pero nunca la había presentado, porque ella siempre le había
dado una excusa para no estar con sus amigos. Sin embargo un día Pescuezo llevó
una foto de la susodicha.
Pescuezo: ¿Quieren ver una foto de Juana?
Rata: Pues claro.
Pescuezo les mostró la foto que se habían tomado un martes
afuera del Cine Star de Breña. Juana era una mujer de unos 30 años, de carnes
en su lugar y de mirada pícara.
Rata: Eres un campeón Pescuezo.
Toro se llevó la mano a la cabeza y mantuvo silencio.
Perro: Te puedo ser sincero.
Pescuezo: No.
Perro: Bueno, yo sólo quería decir lo que pienso.
Pescuezo: Ya me imagino, no interesa ya.
Perro: ¿Por qué no interesa ya?
Pescuezo: Juana me ha convencido para que deje mi casa y me
vaya con ella a su tierra, ella es de Huancayo. Este martes nos reunimos en el
Terminal de Fiori y nos vamos.
Perro: ¿Y tus hijos?
Pescuezo: Ya están grandes, se pueden valer por si mismos,
además les dejo una casa propia.
Toro: Igual necesitan un padre.
Pescuezo: Juana me ha dicho que es mejor dejarlos. Además
ella a sus dos hijos pequeños los va dejar con su ex–esposo.
Perro: Por lo visto Juana está decidiendo todo.
Pescuezo: Ella es una mujer muy inteligente. He aprendido
tanto con ella.
Rata se tapó la boca (por dentro se reía y alucinaba harto).
Pescuezo: Trabajo hasta este Lunes muchachos. Ha sido muy
grato conocerlos. Realmente los aprecio.
Esto había ocurrido la medianoche del Jueves. El viernes Toro
tenía la mirada perdida, Perro se dio cuenta y le preguntó que pasaba.
Perro: Desde ayer te veo preocupado ¿Qué te pasa?
Toro: Es por Pescuezo.
Perro: Bueno, hombre, tú ya sabes todo tiene un final, nada
dura para siempre como dice Héctor Lavoe.
Toro: No es solamente eso.
Perro: ¿Entonces?
Toro: Yo se algo que no se como contarle a Pescuezo.
Perro bajó la voz y le susurró que le contara a él.
Pescuezo: Hace unos días
un primo me dijo para ir donde una tía que vive por la Avenida
Venezuela. Estuve ahí aburriéndome largo rato hasta que llegaron unas amigas
suyas, entre ellas Juana.
Perro: La Juana de Pescuezo.
Toro: Exacto. Y no llegó sola, vino acompañada de su
“marido”. Hacían el espectáculo de la reunión, se besaban y sobaban.
Perro: O sea que sigue con el marido y a Pescuezo lo tiene
de vacilón y cojudón.
Toro: Si.
Perro: Si te complica tanto contarle, yo le cuento.
Esa misma noche Perro le contó a Pescuezo. Este último no le
creyó (o mejor dicho no quiso creer).
Perro: Hay fotos en el Facebook maestro. Pidele a Toro para
que te muestre. Yo ya verifiqué, es Juana.
Pescuezo: No me jodas.
Perro: Hay mujeres que se hacen las santas pero son
tremendas pecadoras.
Pescuezo: No me jodas. Chau.
Pescuezo no se apareció más los tres días que faltaban para
el término de su contrato. El día martes sin decirle nada a sus hijos, Pescuezo
se fue al Terminal.
No llegaba Juana. El frío era incesante. No llegaba Juana.
Cuando por fin apareció Juana, no lo hizo sola, llegó
acompañada por sus dos hijos.
Leonidas: ¿Por qué has venido con ellos dos? Nosotros acordamos
que nos íbamos solos.
Juana: Mi amor, lo que pasa es que me dio pena dejarlos
solitos y tan pequeños aquí en Lima. En cambio los tuyos son grandes, no hay
problema.
Leonidas: Nosotros tuvimos un acuerdo y tú lo incumpliste.
Juana: Cariñito no te molestes por gusto, y apresurémonos
que ya parte el bus.
Leonidas: Antes de irnos, quiero que veas esto.
Juana: No hay tiempo ¿Qué me quieres mostrar?
Leonidas sacó un sobre con revelados fotográficos. Extrajo
las fotos y se las mostró a Juana. En dichas, exactamente 11 fotos, aparecían
Juana y su marido apachurrándose rico en un calle de Breña, había una fecha
para las fotos (eran de hacía dos días).
Juana no supo que
decir.
Leonidas la miró
con rabia y tristeza.
El miércoles a la
medianoche Pescuezo volvió a trabajar con Toro, Perro y Rata.